viernes, 26 de junio de 2020

Mi tercer libro ya está disponible!

https://www.amazon.com/dp/B08BWGWGD1

Muy pronto en otras plataformas en México, España y otros paises latinoamericanos. 


Divertido enamoramiento a primera vista de dos adultos mayores… Una bella joven que viaja a través del tiempo con la intención de cambiar la historia de la cristiandad… La curiosa vida de una mujer con dos conciencias… La «verdadera» historia del porqué se construyó la Muralla China… 


   Una novela corta, cuentos y relatos que exceden en su meta de entretener y emocionar. El lector, firme de la mano de los personajes, vuela sin esfuerzo por el firmamento de la imaginación. Un cofre con dieciocho historias como perlas deliciosamente engarzadas en sencillez y profundidad. Un tren que no se detiene pues abordo viajan juntos el amor, las venganzas y los celos; las situaciones heroicas, las de honor y las simpáticas. Como sopa de temas y trasfondos que hacen del conjunto un delicado manjar. Un relato para cada ocasión, tiempo disponible y estado de ánimo. Después de sus primeros dos éxitos: Los Locos de Mixcoac y Descobijando el Alma, el autor nos deleita con su muy esperada tercera antología de cuentos y relatos. Bienvenidos a bordo.


Consiste en una recopilación que incluye una novela corta de 22’400 palabras y diecisiete cuentos y relatos de diversas extensiones, siendo el más corto de sólo 179 palabras y el más largo de 11,720. Una historia para cada circunstancia y restricciones de tiempo de los lectores modernos. Consta de un total de 67,500 palabras y de 253 páginas. No contiene una unidad temática ya que el autor despliega con soltura géneros, escenarios y trasfondos. Lo que sí prevalece es México; la mitad de los relatos se sitúan en sus contextos, leyendas, costumbres y las más apreciadas tradiciones de su gente.



Sin constricciones de tema, el autor explora diversos fondos y variedad de géneros del relato. Salvo la novela corta, que es de corte fantástico, las demás son historias realistas, con toques de romance, humor y, por así proponérselo, de muy poca violencia, drogas y otros temas de triste actualidad. La sexualidad no se elude, pero se maneja con naturalidad y sin pretender perturbar al lector más de lo necesario. Entretener, emocionar y pasar momentos agradables son sus objetivos.


A BAR STORY

©2020Antonio Dabdoub Escobar

Short-short

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If the first gin and tonic was terrific, the second and third promised to deliver me one step from paradise. A thirtyish brunette dancing her fascinating skirt breezed through the door and sat to my right. The bar was empty, but she choose the stool next to mine. I smiled back, and hers got even wider, prettier. In seconds, one more gin and an ice-cold Bud Light went straight to my tab as the conversation got off to a great start. I wish I could stop there and alter the outcome because what happened right after was less than perfect. It wasn’t all that bad either. I truly believe that only one in ten bar stories have close to perfect endings. This is what happened.

It was an unplanned overnight stay in that town lost in the dust of the I-10 corridor in southeast Arizona, where an air-conditioned bar might be the only local attraction. The bartender, a gypsy-looking, pretty, and flamboyant woman, served me the first drink of that hot early fall Friday evening. Cindy came in second. She had a lovely way with words, easy-to-read hazel eyes, and a tendency to touch my hands while speaking.

The cowboy came in third and sat right next to her. Long, skinny, and wearing all blue. Boots and hat included. I noticed a weather-battered face, probably a broken nose and a voice that suggested a long love affair with cigarettes. No competition to speak off. But in less than a minute, Cindy had turned to her right, clinking bottles and her hands and smiles all over the cowboy.

I just sat there and wondered. I’m a big-city California guy with a California tan, big-city clothes, manners, and stories. I’m seasoned in the downtown San Francisco bar scene, know the right lines, and pretty good at it. And yet there I was, ignored in a lost-town bar. Suffering the laughs and the talking hands. The bartender gave me an indistinct stare, then she smiled, winked, and left to serve new arrivals. Locals that somehow screamed what I wanted to ignore.

Some minutes later, only one last swig in my drink and pondering my choices, the cowboy went out, probably to smoke. The opening I needed. I delivered my lines the best I knew. Imbedded where a nice dinner, and a bottle of Cabernet. The night was beautiful, the excitement of the unexpected, and the billion desert-sky stars arranged for romance. But Cindy, with both hands imprisoning mine, stopped me not even half-way through. “I realize what you’re up to,” she said, “it’s swell and appreciated. But dancing is the only reason I come here, the music’s great, and Johnny is the best two-step dancer from Tucson to Las Cruces. Thanks for the beer.”

I switched my third drink for a bottled beer and winked back at the Gypsy woman. Wishing I could hide my loafers I turned my stool around as the band was about to start. Maybe I could learn a little.

sábado, 13 de junio de 2020

Cuento de Junio


EMMA

©2020Antonio Dabdoub Escobar
Cuento
Tucson, junio, 2020
Prohibida su reproducción por cualquier medio sin autorización expresa del autor.

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El corazón late distinto; de ritmo ansioso a uno de pesadumbre. El estacionamiento está vacío. Pido al taxista que espere y desciendo cuando apenas si se detiene frente al atrio. Inútil, la iglesia está igual. Me he perdido la misa. Me quedo unos segundos absorbiendo la soledad y el silencio de la bóveda sagrada, tratando de imaginar lo que ahí habría sucedido apenas minutos antes. Me veo de pie en el púlpito ofreciendo una elegía. Yo tengo las palabras. Aunque no sé si pudiera expresarlas. Aunque sé muchos no desearan escucharlas. De pronto la imagen ante mis ojos se transforma en el interior de un féretro cerrado. Oscuro y en silencio para siempre. Pobre de Rubén.
Ofrezco al chofer pagar la posible multa, pero aun así llegamos al cementerio cuando el sacerdote ha terminado, ya han descendido el ataúd, los deudos arrojado rosas blancas encima y los menos allegados dan una última expresión de cariño a la viuda sentada a escaso metro y medio de la cavidad. Me espero hasta el final. Con cierta justicia. He llegado el último y quizá el último que Emma desea ver en este momento.
Mientras espero, mis ojos se desplazan del frío armatoste cubierto de flores y listo para recibir paladas de tierra al mojado y enrojecido rostro de ella. Un fuerte deseo me invade. Que quien ocupa esa eterna morada sea un desconocido. Que Rubén esté vivo y que Emma no llore. Que sonría; no necesariamente a mí; yo bien pudiera desaparecer otra vez. Ella recibe resignada las condolencias; sin soltar sus manos descansando en su regazo, sin levantar la vista, sin responder más allá de un ligero movimiento con la cabeza. Me gustaría quitarle los anteojos oscuros. Con delicadeza, con ambas manos y verle los ojos; forzarla a ver los míos. Buscar juntos los recuerdos. Los secretos compartidos. ¿Será que aún viven ahí medio escondidos en la miel de sus pupilas? En los míos definitivamente los encontraría.
De pie frente a ella titubeo. ¿Abrazarla sin su consentimiento? ¿Me traicionará mi caos interno con un simple «lo siento»? ¿O debo soltar el discurso que he repasado mil veces en la sala de espera del aeropuerto? Es Emma la que reacciona primero. Voltea a los lados para asegurarse que estamos solos. Son solo dos hombres con sus palas que nos observan. Suelta las manos de su prisión, descubre sus ojos con la izquierda; con la otra toma una de las mías. Capto que sin dejar de llorar su boca me sonríe. Yo conozco esa expresión. Nunca fuimos de muchas palabras.
—Mi vuelo se retrasó.
—Sabía que vendrías. Te espero en mi casa. Ya conoces la dirección.
Aminoro el ritmo de mi caminar por el floreado acceso principal hasta la avenida para buscar un taxi. Necesito sosegar mis sentimientos. La luz del mediodía hace las tumbas resplandecer hasta molestar la vista. La hora sin sombras debe ser la única agraciada del cementerio. Invitado como familiar cercano al convivio «post-mortem». Ahí estarán los familiares, amigos íntimos de ella, de él, de ambos. Y yo. Emma, ellos y yo. Generalmente, ya en la intimidad, se suavizan las ataduras y las formalidades; la viuda se quita los zapatos, se come, se bebe —a veces de más—, se sonríe y hasta se hacen bromas a expensas del que ya no puede defenderse. Ahora será distinto. Con mi presencia el teatro acartonado continuará y posiblemente empeorará. Algunos se irán con vacías disculpas; otros se sentirán obligados a tejer una telaraña impenetrable para protegerla. O para seguir atacando.
Puedo no asistir. Alegar por texto —por supuesto que por texto— algún compromiso ineludible y prometer cualquier cosa. Imposible. Ya hui una vez. Además, ahí está otra vez esa sonrisa. La avenida está llena de taxis disponibles, pero decido caminar. Que mi entrada sea tardía, cuando el ambiente ya sea relajado y Emma quede libre de la cárcel de anteojos y zapatos. Los transeúntes corretean como títeres; los autos frenéticos atacando las bocacalles pertenecen a un videojuego. Yo tampoco existo. Deambulo por un lejano mundo.

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El primer sábado de aquel verano, nuestro grupo de amigos rentamos un cuarto del hotel para tener acceso a la única alberca grande y con trampolín de la ciudad. Ellas nos imitaron desde la segunda semana. Para la tercera ya éramos todos amigos. Por la tarde pedíamos las mejores hamburguesas del restaurant contiguo y las disfrutábamos con más de medio cuerpo dentro del agua. Para la cuarta semana y los siguientes dos meses del verano, la albercada se transformaba al anochecer en fogatada en un terreno baldío cercano a nuestras casas. Cantos acompañados con fallos de la guitarra y —para esa edad— atrevidos juegos a la botella. Fácil comprender que para principios de agosto muchos, si no todos, estábamos enamorados. Yo de Emma. Rubén, mi mejor amigo de la infancia, también. Emma, complacida y algo conflictuada, de ambos. O al menos así lo quise entender.
La última noche de fogata de finales de agosto que la tormenta de la tarde había cancelado la albercada, a Emma le tocó la suerte dos veces. La primera la obligaba a dar un beso. Para la segunda el azar dijo cachetada. Primero dio dos vueltas completas por fuera del gran círculo de amigos sentados en el suelo sin renunciar a esa sonrisa que ya me cautivaba. A la tercera escogió a Rubén mesándole los cabellos con los dedos. El beso, escondidos tras una empalizada erguida con cartones y detenida con palos, lo quise juzgar fugaz e intrascendente. Pero los eternos tres segundos y el color encendido de ambos cuando emergieron cada uno por distinto lado del escondite, acentuado por el rojizo de las llamas, arrancó silbidos y el aplauso de todos y algunas miradas esperando una reacción de mi parte.
Para la segunda no fueron necesarios los rodeos. Caminando peligrosamente cercana a la lumbre vino directo a mí, me extendió su mano para invitarme a ponerme de pie y su sonrisa era distinta. Cuando apenas me incorporaba, me sorprendió con una bofetada de brazo entero que hasta a mi madre hubiera hecho enojar; quizá hasta envidiar. Más aplausos. Me volví a sentar sin expresión y dejé mi mirada vidriosa perderse en las brasas. Mi reacción acabó con las sonrisas y el silencio se apoderó del grupo. El juego dejó de ser divertido y algunos dijeron que ya era hora de irse a sus casas. Todos vivíamos cerca. Algunos, entre ellos Rubén y Emma que vivían por el mismo rumbo, se alejaron primero. Los demás, los que vivíamos por el lado opuesto, me esperaron a que me integrara. Les agradecí, me despedí y permanecí sentado. Necesitaba estar solo para empezar a aceptar y asimilar mi doble derrota. Perder a Emma era casi tan doloroso como perderla con Rubén.
Algunos minutos después, unos apurados pasos me sacaron de mi mundo contrariado. Alguien se acercaba a mi espalda. En ese momento concluí que aceptaría la mano de paz de Rubén. Muchos años de amistad; para atrás desde preprimaria y en verdad me veía siendo su amigo para adelante. Además, la decisión de Emma había sido contundente. Sin embargo, fue Emma quien se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Sus ojos imitaron a los míos en el hechizo de las llamas que morían. Noté que habían llorado. Así, sin apenas mirarnos y sin hablar, permanecimos bastante tiempo. Su mano apretando obstinada la mía y el calor de su pierna me fueron tranquilizando.
Minutos después, me soltó la mano y con la suya me tomó del cabello de la nuca. Con firme, pero a la vez delicada maniobra, me hizo voltear a verla a los ojos. Ahora sus lágrimas rodaban libres pero sus labios sonreían. Después vino el beso. Fue ella, fui yo, los dos, nunca lo sabré. Fue solo uno. Largo, tierno y profundo. Deseé que fuera eterno, sin embargo, un claxon lo interrumpió. El padre de Emma desde la calle. En la penumbra creo que no vio el beso ni entendió que estábamos solos porque esperó paciente. Y Emma lo hizo esperar un poco más. Me tomó el rostro con ambas manos y el suyo muy cerca. Pero las palabras nomás no salieron. Creo que fue mejor así.  Emma se fue corriendo y me dejó con el mejor recuerdo de mi mejor verano palpitando en los labios.
El año escolar nos unió a los tres en el mismo salón de tercero de secundaria. Y Emma siguió coqueteando a ambos. Mi vida, la nuestra, se convirtió en una constante competencia. Desde el banco que ocupaba cada uno con respecto al de ella que por fastidiarnos lo cambiaba cada mañana. En las canchas nos fue obligado jugar siempre en distintos equipos de básquetbol y con más garra y motivación que ninguno ya que Emma, como capitana de las porristas, siempre estaba ahí para observarnos. Fue nuestro pleito particular lo que mejoró el nivel de juego de todos. Para la primavera, con Rubén y yo jugando la posición de alas, pero sin dejar por eso de bajar a pelear por los rebotes, con el cuadro base de nuestra escuela, la ciudad se convirtió en campeona del estado.
Nunca llegamos a los golpes. Motivos los había suficientes. Pero entendíamos que quien iniciara era probable que perdiera la guerra. Lo que sí hicimos, acabado el torneo, fue competir en las luchas. Con reglas, con el maestro de educación física como réferi y media escuela apostando y divirtiéndose. Lo peor era que luchábamos muy parejo y cada tarde un distinto vencedor. Mi madre empezó a deducir de mi semana los uniformes destrozados y Emma nos observaba complacida y disfrutando su papel. Para el baile de graduación, y para seguir postergando el juego, escogió a su hermano mayor de acompañante y nos dejó a ambos desconcertados y sin compañera.
El siguiente verano prometía ser distinto. En nuestras reuniones del barrio, el juego de la botella cedía su paso a mejor entonadas guitarras y a las botellas de vino. La competencia cambiaba y se complicaba. Ni Rubén ni yo teníamos talento musical. Fue cuando ambos salimos convocados para participar en el campeonato nacional de la categoría representando al estado. Días después fuimos concentrados para los entrenamientos en la capital. Sin Emma presente pero siempre en nuestras mentes y con la urgencia de quedar en el primer cuadro la competencia continuó.
El primer juego del torneo nacional, aun siendo nosotros superiores, lo ganamos apenas por un punto. Nuestro nerviosismo de jugar por primera vez en la capital del país, en un enorme gimnasio lleno de gente gritando y nuestro constante pleito los culpables. Cuando menos así lo juzgó nuestro entrenador. Al insistir en bajar al tablero para pelear cada rebote descuidábamos la retaguardia y los contraataques. Hicimos lo que nos ordenaban, ganamos los siguientes tres holgadamente y pasamos a semifinales.
El equipo local era campeón de las últimas dos ediciones y, en la mente de muchos, muy superior a nosotros. Aun así les sacábamos ocho puntos al medio tiempo. Fue cuando nos descuidamos. En los siguientes minutos y un juego más, que en el papel se veía fácil, se conocería al jugador más valioso del torneo. Rubén y yo punteábamos las estadísticas de puntos encestados. Retomamos la competencia. Seguir anotando y aparecer también arriba en la categoría de rebotes. ¿Quién llegaría ante Emma presumiendo el trofeo?
No recuerdo haberlo empujado. Al menos no a propósito. Yo solo brinqué con todas mis fuerzas para recuperar el balón que había errado el aro. Rubén perdió el equilibrio, cayó de espaldas y se golpeó la cabeza. El juego se suspendió por media hora de dramático silencio hasta que sacaron la camilla a la ambulancia y el conserje terminaba de limpiar la sangre. Fui dejado en la banca, quedamos en un desastroso cuarto lugar y sin ningún trofeo.
No regresé a cursar la preparatoria. El irme a estudiar lejos, luego quedarme allá a trabajar y hacer mi vida, concedió razón a los malintencionados que insistían en mi culpabilidad. Hasta en la radio y los periódicos se mencionaba mi nombre como posible responsable de la catástrofe que llenaba a la ciudad entera de sueños frustrados. No volví a jugar basquetbol. Rubén tampoco. Con las secuelas del golpe contra la duela ni siquiera continuó sus estudios. Tres años después mi madre me envió el recorte de la sección de sociales con la reseña de su boda con Emma y noté que ella apenas si sonreía. Poco después me enteré que empezó a decaer su salud. Un cuadro de depresión severa aumentado por el abuso de algunas drogas. Problemas matrimoniales y hasta rumores de violencia. Y cada recaída al hospital, conforme se apagaba su vida, sus familiares y allegados absolvían todo recordando aquel partido.

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Dos casas me separan de la de Emma. La que fue de sus padres antes de retirarse a la playa. Agradezco que la reunión sea acá y no en su último departamento. La casa que fue de Rubén la han demolido y ahora es farmacia; el baldío de las fogatas es ahora un centro comercial. Recorrer el barrio y recordar me ha hecho reafirmarme. Deberá ser un buen momento para enderezar la historia de una vez por todas. Son muchos años de cargar con una culpa inmerecida. Peleé —peleamos— con garra, con honor por el amor de una mujer. A fin de cuentas, creo que todos terminamos perdiendo. Seguro que habrá alguien ahí adentro dispuesto a escucharme. Recuerdo la fotografía que llevo en el bolsillo. La saco y la admiro como tantas veces. La recibí en un sobre sin remitente hace poco menos de un año. Emma y yo sonrientes, introduciendo mutuamente una papa francesa en nuestras bocas; nuestros cuerpos adolecentes muy juntos en la alberca del hotel. La guardo de nuevo y toco la puerta. Emma abre casi de inmediato y está descalza. Noto de inmediato que está sola, veo sus ojos enrojecidos pero sus labios no lloran.
Es esa misma sonrisa preludio de aquel beso cuando a la fogata le quedaban solo brasas encendidas.

sábado, 8 de diciembre de 2018

"Las Historias de mi Familia" han emigrado a un nuevo hogar!

Les agradezco me visiten en: http://losdabdoub.blogspot.com

O desde aqui:  Los Dabdoub

viernes, 21 de septiembre de 2018

Mi segundo libro de cuentos ya está disponible


En Amazon.com:
https://www.amazon.com/gp/product/1730838553/ 

En el Hotel Fiesta Inn Nogales, en Avenida Kennedy 535 en Nogales, Sonora y en Sandra Arce Art Gallery, 1918 East Prince Road, Tucson, Arizona.

viernes, 2 de marzo de 2018

Mi primer libro ya está disponible!


Disponible:
https://www.amazon.com/locos-Mixcoac-otros-cuentos-Spanish-ebook/dp/B07B6RP6WG/ref=sr_1_1?keywords=Antonio+Dabdoub+Escobar&qid=1585336934&sr=8-1

Sandra Arce Art Gallery, 1918 East Prince Road, Tucson, Arizona.
Avenida Kennedy #535 y Hotel Fiesta Inn en Nogales, Sonora  
Una compilación de cuentos y novelas cortas muy mexicanos, muy nuestros. Un viaje sorprendente por la república mexicana con historias y personajes que se permanecen en el sentimiento del lector.
  • Una pareja viviendo un idilio, aislados del mundo, escondidos en un estero de Sinaloa hasta que un intruso irrumpe su felicidad.
  • Una bella mujer a punto de ser apedreada por sus vecinos por su inmoral comportamiento.
  • Sorprendentes aventuras de un respetable mexicano en un país sudamericano.
  • Experiencias paranormales en las hermosas olas de Sayulita.
  • Las aventuras de un norteño en una hacienda de ricas tradiciones y extrañas historias en el corazón mismo de Jalisco.
  • La joven mujer recluida en un manicomio por desobedecer a su padre…
Trece cuentos, dos novelas cortas y unas reflexiones muy personales que nos llevan recorrer nuestro México, algo de nuestra historia, nuestras leyendas y tradiciones,

Lectura amena, variada en ocasiones sorprendente, donde todo se mezcla: el amor y los celos, la fantasía y la realidad, lo trágico y el humor.
 


lunes, 1 de junio de 2015

Biografía


Mexicano de corazón y documentos, nací en la ciudad de Nogales, Sonora en el año de 1960. Estudié la carrera de Licenciado en Administración de Empresas en el campus de Ciudad Obregón del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, graduándome en el año de 1983.

Descubrí la pasión por la escritura de ficción casi por casualidad al escribir mi primer cuento “BELINDA” en septiembre de 2012. A la fecha, seis años después, he escrito más de cien cuentos y relatos en distintos géneros, incluyendo romance, humor, suspenso y erotismo, una novela, ensayos y algunos intentos en poesía. 

En la gran mayoría de mis escritos, aspiro resaltar las tradiciones y comunicar el aprecio por las costumbres de mi querido México.